












Para mí siempre fue algo normal, cotidiano, natural. Todas las gélidas mañanas de invierno me levantaba al alba para encender el fuego de la chimenea, que cada noche se apagaba como si jamás una llama hubiera ardido en su interior.
Mi madre me lo explicó poco después de cumplir doce años. Yo no tenía padre, dio a luz siendo virgen. Pese a todo, mi vida había sido siempre prácticamente normal, no pudiendo serlo totalmente a causa de mi ceguera congénita. Poniendo una violación como excusa, la dignidad de mi madre no se había visto afectada, y llevamos una vida tranquila en un pequeño pueblo, hasta ayer.
Durante toda mi vida, el fuego había estado presente a mí alrededor. Aun no pudiendo ver, sentía el calor que cada ser vivo desprendía de su cuerpo. Recuerdo aquellas solitarias tardes en que jugaba sola con el fuego, frente al hogar. Aquellas maravillosas formas de belleza incomparable que danzaban en el aire al compás de mis manos. No las veía, cierto, pero las sentía, y con eso era más que suficiente.
<< - ¡No te acerques tanto al fuego, puedes quemarte! – gritaba mi madre al estar ella presente. >>
Yo obedecía, pese a no entender el porqué de aquella reacción. En esos dulces instantes me acercaba a ella tanteando todo lo que me rodeaba, guiada por el agradable calor que emanaba su menudo cuerpo. Me acurrucaba sobre ella y dormía, a veces durante horas, como si fuera lo único importante en mi insulsa vida.
Pero ahora sé que eso es ya un sueño imposible. Y sé que la echaré de menos. Me muevo ahora entre los frondosos bosques que rodean mi pueblo natal, buscando una salida, una vía de escape lejos de mi hogar. No tengo problema para caminar, la temperatura del entorno me indica el camino a seguir, de la misma forma que lo árboles me indican por donde no ir.
De lo que sí estoy segura es que jamás olvidaré el sentimiento con el que mi madre me echó de casa, mezcla de temor, tristeza y resignación, la mañana en que me vio encender una pequeña llama flotante sobre las yemas de mis dedos.
Unas horas antes de la salida de la luna que brilla ahora sobre mi cabeza, tras haber sido calificada de bruja por la misma mujer que me trajo al mundo, salía por la puerta del que hasta entonces había sido mi refugio.
Nëyarin