Fue como si volviera a la vida. Como si, después de tantos años vacios e interminables, obtuviera al fin mi recompensa. Pero, al igual que sentía felicidad, también sentía tristeza por lo que ella era y por lo que era yo.
La noche en que la encontré, yo paseaba por el bosque, aburrido. No tenía nada que hacer, ni tampoco ganas. Me sentía débil, como si últimamente me hubiera estado consumiendo poco a poco. Porque todo eso no tenía sentido. Todo estaba oscuro, salvo por la débil luz de la luna llena que lograba filtrarse a través de las hojas de los árboles, pero no tenía problema alguno para moverme en la noche, tan solo de día. Una ligera brisa de aire fresco arrastraba las hojas muertas, mientras podía oír los gritos de los murciélagos y los silbidos de los grillos. Me tumbé sobre la hierba. No quería seguir así.
Cerré los ojos. Pero no me quedé mucho más tiempo en esa posición, pues un olor misteriosamente familiar y repugnante llegó hasta mí. Y al instante supuse lo que era. Y “eso” no estaba solo. Sin saber exactamente para que, me acerqué, y, tras ocultarme detrás de un pequeño arbusto, les vi.
Él era grande, mucho más de lo imaginaba, pero sabía que podría con él. Su espeso pelo conseguía ocultar parcialmente su cara, por lo que no pude verla con precisión. Pero eso no me preocupó, por que quien me llamaba la atención no era esa enorme bestia salvaje, sino la preciosa niña que había debajo de él.
A primera vista, me había parecido exactamente igual que el resto, su vida no me había preocupado lo más mínimo. Pero después la miré más detalladamente. Su cara, envuelta en sus cortos cabellos plateados, era preciosa. Pero su expresión era de profundo terror. Sus brillantes ojos del color del hielo se habían abierto de forma desmesurada ante la mirada asesina de su atacante, que trataba de arrancarle el brazo en ese instante.
Una furia inexplicable logró controlar mi mente de forma inconsciente. No podía permitirlo. No ahora, que la había encontrado. Abrí la boca de forma amenazadora, mostrando mis afilados colmillos, aun sabiendo que aquel ser no podía verme. Sentí como la rabia me invadía. El licántropo, como ya he dicho antes, no me vio, pero si me sintió. Y pudo oler mi aliento putrefacto. Tan solo unos segundos después, huía a través de la espesa vegetación del bosque, dejando a aquella niña al borde del desvanecimiento y cubierta de sangre.
Pero eso no era todo. El enorme hombre-lobo que había tratado de matarla había cambiado su vida para siempre sin que ella lo supiera por el momento. Pero, aunque yo sí que lo sabía, no tenía la intención de separarme de ella, aunque tuviera que esperarla entre las sombras…
Vardeth
domingo, 25 de octubre de 2009
viernes, 9 de octubre de 2009
La niña del harpa
Antes de nada tengo que decir que este es un personaje cuya ficha no he colgado todavía y que no he podido encarnar aún en una muñeca, pero ya que le he escrito me apetece colgarlo :)
Desde que tengo uso de la razón, no recuerdo haber podido sentir jamás hasta aquel momento. No sentía frío, ni miedo, ni confusión. No me sentía sola ni abandonada, no me sentía perdida. Ahora, en cambio, sé que puedo sentir…
El primer recuerdo que tengo de mi infancia son las interminables noches de invierno en las callejuelas de los pueblo de Dyärene. Noches en las que, como ya he dicho antes, no sentía nada. Simplemente esperaba, esperaba con los ojos abiertos a que todo acabase, a que aquél silencio y aquella oscuridad llegaran a su fin. Apenas dormía, casi no comía, y mis ropas eran escasas, a pesar de que más de una vez los campesinos que habitaban las casas de aquellos pueblos me habían ofrecido tanto comida como mantas, conmovidos por mi horrible condición. Pero yo siempre lo rechazaba todo, ya que sabía de alguna forma, que yo no lo necesitaba. Mi pelo crecía, yo adelgazaba, y continuaba mi solitario camino hacia ninguna parte.
Pero todo cambió un día. No podría decir donde me encontraba, ni la edad que tenía, pero seguramente rondaba los doce años cuando lo encontré. Era un día cualquiera, de otoño para ser más exactos. Yo caminaba descalza por un pueblo más, idéntico a muchos otros por los que había pasado, cuando de repente tropecé con algo y caí sobre las hojas secas que se habían amontonado alrededor de un viejo árbol seco.
Me levanté lentamente, indiferente. Total, solo sería una rozadura más para poder completar la inmensa colección de cicatrices que tenía por todo mi cuerpo. Sin tener nada mejor que hacer, comencé a buscar sin demasiado entusiasmo entre las hojas del suelo lo que pudiera haber causado mi caída. Y lo que descubrí entonces fue algo que no había visto en mi vida, y sin el cual no cabe duda de que no habría sido la misma.
Bajo las hojas rojizas de los arboles de la plaza, había un harpa. Por entonces, no sabía cómo se llamaba, ni lo que era, ni para que servía. Pero si sabía que era algo mágico. Todo en ella me fascinó.
Y fue entonces cuando, al fin, sentí algo. En ese preciso instante en el que toqué sus cuerdas y acaricié la superficie del instrumento. Y cuando, un tiempo más tarde, vi una segunda harpa, pero esta vez siendo tocada por otra persona. Mientras el músico tocaba en la plaza de una pequeña aldea, yo escuchaba atenta, en silencio. Aquella música fue lo que me sacó de aquel trance en el que había vivido desde siempre.
Y desde aquel momento, comencé a practicar. Al principio no lograba comprender el funcionamiento del objeto, pero, poco a poco, fui lográndolo. Y los momentos en los que tocaba podía sentirlos llenos de magia. Las notas me envolvían, y notaba cómo formaban una barrera protectora que me separaba del resto del mundo, aislándome de él en una burbuja, en la cual yo, después de muchos años, me sentía feliz.
A partir de entonces vi otras harpas a mi alrededor, maravillosos instrumentos que eran tocados por músicos expertos, y cuyo sonido era mil veces más bello que el que yo conseguía obtener. Pero no tardé en darme cuenta de que mi harpa no era como los demás.
Tal vez ellos tocaran mejor, y sus melodías fuesen más bonitas, pero ninguno de ellos podía igualar la sensación de bienestar que causaba la mía, ni sus composiciones llegaban a ser tan envolventes como las que yo creaba inconscientemente, a veces, incluso podía sentir que la misma harpa y la magia que producía me indicaban cual era la forma correcta de tocar.
Y fue así como yo seguí mi vida, pero desde entonces, con una nueva compañera de viaje, mi harpa. Tocaba en todo momento, mientras erraba a través del reino. No pasó mucho tiempo antes de que mi música comenzara a atraer a los habitantes de los lugares por los que pasaba, que me daban algunas monedas a cambio de que tocara el maravilloso instrumento. Y esa fue la que se convirtió en mi nueva vida.
Y todo siguió igual, hasta que descubrí todo lo que mi harpa y yo podíamos hacer realmente…
Layra
Desde que tengo uso de la razón, no recuerdo haber podido sentir jamás hasta aquel momento. No sentía frío, ni miedo, ni confusión. No me sentía sola ni abandonada, no me sentía perdida. Ahora, en cambio, sé que puedo sentir…
El primer recuerdo que tengo de mi infancia son las interminables noches de invierno en las callejuelas de los pueblo de Dyärene. Noches en las que, como ya he dicho antes, no sentía nada. Simplemente esperaba, esperaba con los ojos abiertos a que todo acabase, a que aquél silencio y aquella oscuridad llegaran a su fin. Apenas dormía, casi no comía, y mis ropas eran escasas, a pesar de que más de una vez los campesinos que habitaban las casas de aquellos pueblos me habían ofrecido tanto comida como mantas, conmovidos por mi horrible condición. Pero yo siempre lo rechazaba todo, ya que sabía de alguna forma, que yo no lo necesitaba. Mi pelo crecía, yo adelgazaba, y continuaba mi solitario camino hacia ninguna parte.
Pero todo cambió un día. No podría decir donde me encontraba, ni la edad que tenía, pero seguramente rondaba los doce años cuando lo encontré. Era un día cualquiera, de otoño para ser más exactos. Yo caminaba descalza por un pueblo más, idéntico a muchos otros por los que había pasado, cuando de repente tropecé con algo y caí sobre las hojas secas que se habían amontonado alrededor de un viejo árbol seco.
Me levanté lentamente, indiferente. Total, solo sería una rozadura más para poder completar la inmensa colección de cicatrices que tenía por todo mi cuerpo. Sin tener nada mejor que hacer, comencé a buscar sin demasiado entusiasmo entre las hojas del suelo lo que pudiera haber causado mi caída. Y lo que descubrí entonces fue algo que no había visto en mi vida, y sin el cual no cabe duda de que no habría sido la misma.
Bajo las hojas rojizas de los arboles de la plaza, había un harpa. Por entonces, no sabía cómo se llamaba, ni lo que era, ni para que servía. Pero si sabía que era algo mágico. Todo en ella me fascinó.
Y fue entonces cuando, al fin, sentí algo. En ese preciso instante en el que toqué sus cuerdas y acaricié la superficie del instrumento. Y cuando, un tiempo más tarde, vi una segunda harpa, pero esta vez siendo tocada por otra persona. Mientras el músico tocaba en la plaza de una pequeña aldea, yo escuchaba atenta, en silencio. Aquella música fue lo que me sacó de aquel trance en el que había vivido desde siempre.
Y desde aquel momento, comencé a practicar. Al principio no lograba comprender el funcionamiento del objeto, pero, poco a poco, fui lográndolo. Y los momentos en los que tocaba podía sentirlos llenos de magia. Las notas me envolvían, y notaba cómo formaban una barrera protectora que me separaba del resto del mundo, aislándome de él en una burbuja, en la cual yo, después de muchos años, me sentía feliz.
A partir de entonces vi otras harpas a mi alrededor, maravillosos instrumentos que eran tocados por músicos expertos, y cuyo sonido era mil veces más bello que el que yo conseguía obtener. Pero no tardé en darme cuenta de que mi harpa no era como los demás.
Tal vez ellos tocaran mejor, y sus melodías fuesen más bonitas, pero ninguno de ellos podía igualar la sensación de bienestar que causaba la mía, ni sus composiciones llegaban a ser tan envolventes como las que yo creaba inconscientemente, a veces, incluso podía sentir que la misma harpa y la magia que producía me indicaban cual era la forma correcta de tocar.
Y fue así como yo seguí mi vida, pero desde entonces, con una nueva compañera de viaje, mi harpa. Tocaba en todo momento, mientras erraba a través del reino. No pasó mucho tiempo antes de que mi música comenzara a atraer a los habitantes de los lugares por los que pasaba, que me daban algunas monedas a cambio de que tocara el maravilloso instrumento. Y esa fue la que se convirtió en mi nueva vida.
Y todo siguió igual, hasta que descubrí todo lo que mi harpa y yo podíamos hacer realmente…
Layra
Bajo la luna llena
Aquel día habíamos discutido en casa. Por una tontería, acabamos todos marchándonos de casa, para pasar la noche fuera, como ocurría muchas otras veces cuando había problemas en casa. Ya tenía ocho años por entonces. Siempre que ocurría algo que nos hiciera marcharnos de casa durante la noche, mi madre me llevaba con ella. Pero esa vez fue diferente. Cada uno fue por su lado. Estaba tan furiosa que me dirigí sola hacia el bosque instintivamente. En ese instante, no tenía ni idea del riesgo que corría entre aquellos árboles.
Entré en el bosque, decidida, pero sin saber exactamente hacia dónde ir. No supe que estaba siendo vigilada hasta que ya fue demasiado tarde. Cuando ya no pude distinguir las luces del pueblo y únicamente la luz de la Luna llena iluminaba el sendero por el que caminaba, fue cuando realmente comencé a sentir miedo.
En ese momento, me arrepentí de haber ido hasta allí yo sola, en vez de ir con mi madre como hacía siempre. Pro ya había cometido el gran error de llegar hasta allí, y no había nada que pudiera hacer. Traté de volver sobre mis pasos, pero no tuve apenas tiempo de girarme cuando saltó sobre mí.
Aquel enorme ser logró paralizar mi cuerpo durante unos segundos, únicamente con su mirada. No Sabía lo que era, ni tenía forma alguna de descubrirlo. Sentía como aquellos ojos penetraban en los míos, impidiéndome desviar la mirada. Pero algo estaba claro; era grande, peludo, y, para desgracia mía, carnívoro.
Cuando al fin apartó su cabeza para prepararse para un nuevo movimiento, pude verlo. Lo que tenía sobre mí no era otra cosa que un lobo. Pero desde luego no era un lobo cualquiera. Su tamaño era considerablemente más grande que el de un lobo normal, y tanto su mirada como sus movimientos eran en cierto modo distintos a lo que había visto yo hasta ahora.
Su siguiente movimiento me pilló totalmente desprevenida. Tras abrir ferozmente sus enormes fauces, me mordió brutalmente en el antebrazo, que había usado para protegerme la cara en el momento de su ataque. Solté un agudo grito de dolor. Sus dientes atravesaron mi piel con una fuerza inesperada, y se hundieron en la carne hasta casi alcanzar mi hueso. Y fue en ese momento cuando algo cambió.
Fue algo que no se podría describir, que ni siquiera sabría cómo llamar. Pero algo está claro; no puede verse, ni puede notarse. Tan solo, de alguna forma, sentirse. Fuera lo que fuera, aquello asustó a la enorme bestia que trataba de arrancarme un brazo. Me soltó en un abrir y cerrar de ojos, se apartó unos metros de mí, y huyó velozmente hacia las profundidades del bosque. Sin poder creer lo que acababa de ocurrir, logré parpadear por fin. Miré mi brazo.
Pude distinguir la sangre bajando lentamente por él, cada vez en cantidades mayores, al igual que el inmenso dolor que me causaba la herida. Sentí nauseas. Había visto sangre pocas veces en toda mi vida, pero nunca tanta como aquella noche.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban y siguiendo las instrucciones de mis padres, me quité el delantal de un tirón, y lo enrosqué alrededor de la herida. Y no fue hasta entonces cuando las lágrimas comenzaron a brotar de forma abundante de mis ojos.
Asustada, dolorida, confusa y horrorizada, logré levantarme al cabo de unos minutos, y no pude evitar pensar en que podría haber sido lo que me había salvado la vida.
No tuve tiempo para pensar en nada más. De repente, todo se volvió oscuro. Pero logré oir, segundos antes de perder el conocimiento, las voces de mis padres que venían en mi busca, seguramente alertados por el grito que se podría haber escuchado hacía ya unos minutos por todo el reino…
Nessa
Entré en el bosque, decidida, pero sin saber exactamente hacia dónde ir. No supe que estaba siendo vigilada hasta que ya fue demasiado tarde. Cuando ya no pude distinguir las luces del pueblo y únicamente la luz de la Luna llena iluminaba el sendero por el que caminaba, fue cuando realmente comencé a sentir miedo.
En ese momento, me arrepentí de haber ido hasta allí yo sola, en vez de ir con mi madre como hacía siempre. Pro ya había cometido el gran error de llegar hasta allí, y no había nada que pudiera hacer. Traté de volver sobre mis pasos, pero no tuve apenas tiempo de girarme cuando saltó sobre mí.
Aquel enorme ser logró paralizar mi cuerpo durante unos segundos, únicamente con su mirada. No Sabía lo que era, ni tenía forma alguna de descubrirlo. Sentía como aquellos ojos penetraban en los míos, impidiéndome desviar la mirada. Pero algo estaba claro; era grande, peludo, y, para desgracia mía, carnívoro.
Cuando al fin apartó su cabeza para prepararse para un nuevo movimiento, pude verlo. Lo que tenía sobre mí no era otra cosa que un lobo. Pero desde luego no era un lobo cualquiera. Su tamaño era considerablemente más grande que el de un lobo normal, y tanto su mirada como sus movimientos eran en cierto modo distintos a lo que había visto yo hasta ahora.
Su siguiente movimiento me pilló totalmente desprevenida. Tras abrir ferozmente sus enormes fauces, me mordió brutalmente en el antebrazo, que había usado para protegerme la cara en el momento de su ataque. Solté un agudo grito de dolor. Sus dientes atravesaron mi piel con una fuerza inesperada, y se hundieron en la carne hasta casi alcanzar mi hueso. Y fue en ese momento cuando algo cambió.
Fue algo que no se podría describir, que ni siquiera sabría cómo llamar. Pero algo está claro; no puede verse, ni puede notarse. Tan solo, de alguna forma, sentirse. Fuera lo que fuera, aquello asustó a la enorme bestia que trataba de arrancarme un brazo. Me soltó en un abrir y cerrar de ojos, se apartó unos metros de mí, y huyó velozmente hacia las profundidades del bosque. Sin poder creer lo que acababa de ocurrir, logré parpadear por fin. Miré mi brazo.
Pude distinguir la sangre bajando lentamente por él, cada vez en cantidades mayores, al igual que el inmenso dolor que me causaba la herida. Sentí nauseas. Había visto sangre pocas veces en toda mi vida, pero nunca tanta como aquella noche.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban y siguiendo las instrucciones de mis padres, me quité el delantal de un tirón, y lo enrosqué alrededor de la herida. Y no fue hasta entonces cuando las lágrimas comenzaron a brotar de forma abundante de mis ojos.
Asustada, dolorida, confusa y horrorizada, logré levantarme al cabo de unos minutos, y no pude evitar pensar en que podría haber sido lo que me había salvado la vida.
No tuve tiempo para pensar en nada más. De repente, todo se volvió oscuro. Pero logré oir, segundos antes de perder el conocimiento, las voces de mis padres que venían en mi busca, seguramente alertados por el grito que se podría haber escuchado hacía ya unos minutos por todo el reino…
Nessa
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



