viernes, 9 de octubre de 2009

Bajo la luna llena

Aquel día habíamos discutido en casa. Por una tontería, acabamos todos marchándonos de casa, para pasar la noche fuera, como ocurría muchas otras veces cuando había problemas en casa. Ya tenía ocho años por entonces. Siempre que ocurría algo que nos hiciera marcharnos de casa durante la noche, mi madre me llevaba con ella. Pero esa vez fue diferente. Cada uno fue por su lado. Estaba tan furiosa que me dirigí sola hacia el bosque instintivamente. En ese instante, no tenía ni idea del riesgo que corría entre aquellos árboles.

Entré en el bosque, decidida, pero sin saber exactamente hacia dónde ir. No supe que estaba siendo vigilada hasta que ya fue demasiado tarde. Cuando ya no pude distinguir las luces del pueblo y únicamente la luz de la Luna llena iluminaba el sendero por el que caminaba, fue cuando realmente comencé a sentir miedo.

En ese momento, me arrepentí de haber ido hasta allí yo sola, en vez de ir con mi madre como hacía siempre. Pro ya había cometido el gran error de llegar hasta allí, y no había nada que pudiera hacer. Traté de volver sobre mis pasos, pero no tuve apenas tiempo de girarme cuando saltó sobre mí.

Aquel enorme ser logró paralizar mi cuerpo durante unos segundos, únicamente con su mirada. No Sabía lo que era, ni tenía forma alguna de descubrirlo. Sentía como aquellos ojos penetraban en los míos, impidiéndome desviar la mirada. Pero algo estaba claro; era grande, peludo, y, para desgracia mía, carnívoro.

Cuando al fin apartó su cabeza para prepararse para un nuevo movimiento, pude verlo. Lo que tenía sobre mí no era otra cosa que un lobo. Pero desde luego no era un lobo cualquiera. Su tamaño era considerablemente más grande que el de un lobo normal, y tanto su mirada como sus movimientos eran en cierto modo distintos a lo que había visto yo hasta ahora.

Su siguiente movimiento me pilló totalmente desprevenida. Tras abrir ferozmente sus enormes fauces, me mordió brutalmente en el antebrazo, que había usado para protegerme la cara en el momento de su ataque. Solté un agudo grito de dolor. Sus dientes atravesaron mi piel con una fuerza inesperada, y se hundieron en la carne hasta casi alcanzar mi hueso. Y fue en ese momento cuando algo cambió.

Fue algo que no se podría describir, que ni siquiera sabría cómo llamar. Pero algo está claro; no puede verse, ni puede notarse. Tan solo, de alguna forma, sentirse. Fuera lo que fuera, aquello asustó a la enorme bestia que trataba de arrancarme un brazo. Me soltó en un abrir y cerrar de ojos, se apartó unos metros de mí, y huyó velozmente hacia las profundidades del bosque. Sin poder creer lo que acababa de ocurrir, logré parpadear por fin. Miré mi brazo.

Pude distinguir la sangre bajando lentamente por él, cada vez en cantidades mayores, al igual que el inmenso dolor que me causaba la herida. Sentí nauseas. Había visto sangre pocas veces en toda mi vida, pero nunca tanta como aquella noche.

Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban y siguiendo las instrucciones de mis padres, me quité el delantal de un tirón, y lo enrosqué alrededor de la herida. Y no fue hasta entonces cuando las lágrimas comenzaron a brotar de forma abundante de mis ojos.

Asustada, dolorida, confusa y horrorizada, logré levantarme al cabo de unos minutos, y no pude evitar pensar en que podría haber sido lo que me había salvado la vida.

No tuve tiempo para pensar en nada más. De repente, todo se volvió oscuro. Pero logré oir, segundos antes de perder el conocimiento, las voces de mis padres que venían en mi busca, seguramente alertados por el grito que se podría haber escuchado hacía ya unos minutos por todo el reino…

Nessa

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