domingo, 27 de septiembre de 2009

Buscando

Varios años después, recordé esa noche. Ese instante, justo después de cenar, en el que entraba en la modesta casa de mis padres y encontraba sus pálidos cuerpos sin vida. La mesa, vacía. El libro no estaba. ¿Quién sabe cuántos secretos se escondían en su interior? No creo que nunca lo descubra. Ya estaba en la cama cuando esa imagen me vino a la cabeza, y supe al momento que, al igual que otras noches, no podría dormir.

Descalza y sin otro abrigo que el camisón de verano, salí al jardín. Aún recordaba como la amable anciana propietaria de esa casa me adoptó aquella terrible noche. Y aunque yo por entonces lo ignoraba, era ella quien me enseñaría, al igual que hizo con mi madre, los secretos de la brujería.

Atravesé el jardín con paso firme, sabiendo perfectamente a donde me llevarían mis pies. La hierba estaba fría y mojada. Aún podían oírse los diversos sonidos producidos por los animales de las granjas cercanas. Dejando la casa atrás, me acerqué al puente, junto al cual se encontraba el viejo molino de madera donde cada día los campesinos se acercaban a moler el trigo. A lo lejos, pude ver el pequeño castillo de piedra de nuestro rey. Ya estaba cerca.

Tras cruzar el puente, entre algunos matorrales, se encontraba la casa donde, junto a mis padres, me crié feliz mis diez primeros años de vida. Entré en su interior.

La pequeña estancia en la que me encontraba estaba sucia, llena de polvo, excrementos de animales, e incluso de algunas plantas que se habían internado en la habitación. A pesar de que no había vuelto allí desde esa noche, pude recordar sin problemas las diversas escenas familiares que se habían desarrollado hasta hacía ocho años en su interior. Mi pulso se aceleró. Pude volver a sentir aquella angustia, aquella sensación de miedo y confusión que se había apoderado de mí ocho años atrás, cuando en ese viejo y gastado sofá que tenía delante, encontré sus cuerpos.

No pude aguantar más. Sin apenas darme cuenta, di media vuelta y me dirigí directa al pueblo. Pero volví dispuesta a encontrar al asesino de mis padres.
Ya era de día cuando decidí que ya había esperado bastante. Me levanté de la cama, e quité el camisón y me puse el vestido. Tenía un aspecto horroroso, la falta de sueño no me favorecía lo más mínimo. Me calcé deprisa y, sin desayunar, salí de la casa en dirección al otro lado del pueblo.

Aunque el sol había salido hacía poco menos de una hora, el pueblo estaba ya lleno de vida. Pasando por la plaza junto a los árboles centenarios que tanto gustaban a los habitantes del lugar, podía ver a los mercaderes listos para vender sus mercancías, a algunos niños jugando a perseguirse y a los fuertes campesinos preparados para un nuevo día de duro trabajo. Numerosos animales paseaban también por la plaza, entre los juguetones perros de los vecinos, una familia de patos se dirigía hacia el río, mientras varios gatitos jugaban acechando hojas vigilados por su madre.

Continué mi camino, nerviosa. Las imágenes de la noche anterior rondaban todavía por mi mente. Cuando llegué por fin a mi destino, hice sonar la campana. Poco después, Nessa, mi mejor amiga desde la infancia, apareció desde detrás de la puerta.

Sus largos cabellos plateados, estaban únicamente recogidos por dos finas trenzas en la parte superior de la cabeza, que más atrás se unían en una coleta, mientras que el resto de su pelo caía delicadamente sobre su espalda. Sus preciosos ojos azules como el cielo mostraban claramente que no hacía mucho que había salido de la cama.
<<¿Otra vez? – Preguntó. Asentí con la cabeza con cara de resignación. -Pasa, estoy desayunando. – Me respondió. >>
Entré en su casa y la seguí hasta la cocina. Una vez sentadas las dos la una frente a la otra, comencé a contarle lo sucedido durante la noche.

Salimos de su casa aproximadamente a las nueve de la mañana, con la intención de volver al siniestro lugar donde se cometió el asesinato, con la pequeña esperanza de encontrar algo, por muy insignificante que fuera, que nos acercara un poco más a esa persona de la que había jurado vengarme.

Llegamos hasta allí en completo silencio. Estaba dispuesta a buscar en aquella casa, y sabía que esta vez lograría hacerlo sin huir al poco tiempo, como me había sucedido unas horas antes. Sentí como la adrenalina recorría mi cuerpo recorría mi cuerpo segundos antes de abrir la puerta de entrada.

Una vez más, aquella sensación. Pero por una vez, decidí hacerle frente. Sólo después, volví a pasar la mirada por la habitación en la que ahora nos encontrábamos, esta vez más detalladamente.

Sobre las pequeñas mesas repartidas por el salón, se encontraban todo tipo de objetos, desde libros, a plumas y tazas, y lo que supuse que eran restos de alguna fruta. La descolorida alfombra que ocupaba el centro de la estancia estaba totalmente cubierta de suciedad. Las velas que antaño eran encendidas cada noche, yacían medio derretidas sobre candelabros oxidados. Incontables telarañas polvorientas cubrían el techo o rellenaban el espacio libre que había entre los muebles. Y, aparte del sofá, había poco más en aquella parte de la casa.

Nessa se me adelantó unos pasos y comenzó a observar la habitación con detenimiento, poco después, la imité mientras me acercaba con paso lento al sofá. Una enorme rata salió entonces desde la parte trasera del mueble. Ambas nos sobresaltamos, pero enseguida continuamos buscando. Había pasado una media hora cuando me fijé en las escaleras que llevaban al piso superior. Descarté la idea al instante. No quería volver a mi antigua habitación. Tampoco tenía la intención de salir al jardín donde yo me encontraba mientras el verdugo de mis padres acababa con ellos. Volví a mirar la alfombra.

Y entonces lo vi. Un pequeño objeto brillante estaba fuera de lugar. Mis sospechas sólo quedaron confirmadas al alzar la pequeña pistas entre mis manos.

Evelyn

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