lunes, 14 de diciembre de 2009

Alianzas

Me desperté de improviso con la llegada de la noche, en el lugar exacto donde juraría haber sido atacada por algo antes de perder el conocimiento. Abrí los ojos sin ser capaz asimilar lo que era capaz de ver. El escenario no había cambiado, solamente mi forma de verlo. Era de noche… y mi visión era tan buena como la que tenía durante el día, tal vez incluso mejor. Pero mi sorpresa fue todavía mayor cuando noté el cuerpo rígido, frío, pero lleno de fuerza y energía. Levanté la mano para observarla con claridad. La velocidad a la que lo hice me asustó en un principio. Mi piel era pálida, mucho más que cualquiera que hubiera visto hasta ahora. Cuando sentí mis afilados colmillos sobre mis labios al cerrar la boca, mi estupefacción sobrepasó sus límites.

Poco a poco, el terror que sentía fue dando paso a un sentimiento todavía más estremecedor. Yo sabía a que pertenecían estos síntomas, pero no podía ni quería creerlo. ¿Estaba soñando? Pocas eran las personas de la época que no estaban al tanto de las leyendas aparentemente verídicas que pasaban de boca en boca, de pueblo en pueblo. ¿Me había transformado un vampiro? Aquella idea me horrorizaba, paralizaba mi mente, me parecía algo imposible. Supe que mis sospechas eran reales cuando comencé a sentir una terrible sed que me quemaba la garganta y el color de la sangre inundó mi mente.

Pero no fui capaz de moverme. No lo fui, hasta el momento en el que un desgraciado ciervo se aproximó hacia la zona donde permanecía tumbada en el suelo, ignorando el peligro que acechaba entre la espesa vegetación del bosque. Llegó un momento en el que no pude resistirme a los impulsos de mi cuerpo. Antes de poder darme cuenta, ya había saltado sobre el animal y me hallaba bebiendo sangre de su cuello.

Una vez hube acabado mi pequeño banquete, comencé a experimentar con mis nuevas capacidades. Mi velocidad, mi fuerza y todos mis sentidos se habían vuelto considerablemente mejores. Pero esto último no me compensaba. Por culpa de Nessa me había convertido en un monstruo. De no haber sido por ella, la bestia que me había transformado no se habría encontrado allí, seguro.

En ese momento, el sentimiento de odio que sentía hacia ella se convirtió en algo insoportable. Me vengaría. Estaba segura de ello. Pagaría por todo lo que me había hecho, y para eso disponía de nuevas habilidades con las que ella contaba únicamente con la salida de la luna llena.

Pero sabía que no podría hacerlo sola, necesitaba aliados, unir mis fuerzas con alguien para duplicar nuestro poder. Y, hasta entonces, necesitaba también un lugar en el que refugiarme, donde poder esconderme de las miradas curiosas y, por supuesto, de la Iglesia, quien no dudaría en recurrir a todos los medios a los que tenía acceso para acabar conmigo.

Lo primero que hice fue marcharme de allí, dirigiéndome en dirección opuesta a la ciudad donde había nacido. Estaba segura de que no la echaría de menos. Ni a la ciudad, ni a mis padres. Y mucho menos a Nessa, pese a saber que volveríamos a encontrarnos, posiblemente por última vez.

Varios días después, estaba en la playa. Había llegado hasta el límite norte del reino.

Gracias a mi desarrollado oído, había podido escuchar durante estos últimos días rumores sobre fuerzas oscuras que comenzaban a acercarse hacia el reino, procedentes de un origen desconocido. Ya que la frecuencia con la que oía hablar de ellas aumentaba conforme me acercaba al mar, supuse que sería allí donde antes se confirmaran los temores del pueblo. ¿Podría encontrar un aliado en ese peligro que se cernía sobre las tierras del reino? Esa era la razón por la que estaba allí. Pero, ahora, ¿cómo encontrarlo? Y, sobretodo, ¿qué era lo que estaba buscando? Esperaba poder encontrar la respuesta a esas preguntas lo antes posible.

Pese a ser verano, la noche era fría. El viento hacía chocar con furia las olas contra las numerosas rocas que habían permanecido en aquella playa durante siglos, mientras jugaba con mi pelo iniciándolo en una danza impredecible a mis espaldas. Siempre había estado orgullosa de las suaves ondas castañas que alcanzaban mi cintura. Solía recoger algunos mechones en dos moños perfectos en la parte superior de mi cabeza, dejando suelto la mayoría del cabello. Pero aunque mi pelo no hubiese cambiado desde el ataque que había sufrido en el bosque, como había podido comprobar pocos días antes, el iris de mis ojos había adquirido una tonalidad ámbar, mientras las pupilas recordaban a las de un gato.

Había encontrado al llegar allí una pequeña cueva suficientemente escondida como para poder resguardarme durante el día, en el que me sumía inevitablemente en un tranquilo sueño que no acababa hasta la llegada de la oscuridad.

Y así pasaron varios días. Me levantaba junto a la luna para saciar mi sangre noche tras noche.
Pero una noche ocurrió algo distinto. Cuando me desperté, pude sentir que algo había cambiado a mi alrededor. La atmósfera que había en aquel lugar era distinta. Sabía que lo que vería al abrir los ojos sería distinto a lo que solía presenciar cada noche.

Al principio todo parecía seguir igual… hasta que al acercarme a la salida vi una esbelta silueta.

Gracias a la inmejorable vista que poseía a causa de mi condición, pude distinguirla con asombrosa claridad. Una joven mujer parecía esperarme, sin apartar la vista de mi. Sus cabellos eran cortos y relativamente rizados, del color del fuego. Caían cuales llamas cansadas sobre sus hombros junto a diversas pequeñas trenzas que las acompañaban en su descenso. Sus ojos, de un rojo intenso, parecían vigilar todo cuanto les rodeaban, sin perder detalle. Varias pecas salpicaban su delicada piel a la altura de la nariz y mejillas, otorgándole cierto aspecto infantil a su seria expresión. Pero sin duda en lo que más me fijé fue en los dos pequeños colmillos blancos que reposaban sobre sus gruesos labios cuyo color recordaba a la sangre.

No podría explicar la sensación que tuve al ver a otro vampiro. No sabía ni siquiera que era lo que sentía ¿miedo por mi “vida”? ¿Alegría por no estar sola? ¿Celos por tener una rival en el terreno de caza?

Fuese lo que fuese, ella no me otorgó demasiado tiempo para pensarlo. En cuanto hube llegado hasta ella, abrió la boca para saludarme de forma cordial.
<< - Sígueme. - Me dijo después. >>

Obedecí sin rechistar, temiendo por lo que podría ocurrir de no hacerlo.
Y así fue como lo conseguí. Ahora, junto con el aliado más poderoso que cualquiera podría imaginar, estoy de vuelta.

Merilwen

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