viernes, 11 de diciembre de 2009

El ataque

La noche en que me marché, no se me pasaba por la cabeza la idea de volver algún día. Me sentía confusa, todo me parecía incomprensible. Pero notaba, al mismo tiempo, como el rencor invadía mi cuerpo. Rencor, odio y sed de venganza. Era culpa suya, tenía que serlo. Los momentos vividos durante esa terrible noche se repetían sin descanso dentro de mi cabeza.

Aquella vez, poco después de cenar, minutos antes de la caída del sol, Nessa, mi hermana mayor, se había marchado de casa, para, supuestamente, ir a dormir a casa de una amiga. Pero yo sabía que no era así. Al contrario que mis padres, yo me había dado cuenta de lo que ocurría hacía ya varios años. O eso creía.

Ocurría todas las noches de luna llena. Nessa, poco antes del crepúsculo, comunicaba a mis padres que pasaría la noche con alguna amiga suya, por lo que tenía una buena escusa para su ausencia.

Sabiendo que esta vez pasaría lo mismo, decidí marcharme yo también, seguirla a donde fuera a ir. Todo el mundo ha oído alguna vez una historia de amor, o visto alguna pintura en la que pudiesen apreciarse dos enamorados bajo la luz de la luna, casi siempre llena. Era por esa razón por lo que imaginaba que, cada una de esas noches, Nessa huía de casa para pasar una noche romántica con alguna persona especial.

Si hubiese sido consciente de lo que ocurría realmente, jamás habría salido de casa. Y, de haberlo sabido, mi vida no se habría convertido en un infierno. Pero, ¿Cómo iba yo a saber eso? Tan sólo era una ignorante elfa de 130 años…

Poco después de que ella se marchara, me despedí de mis padres y les deseé buenas noches. Estaba dispuesta a pillar a mi hermana con las manos en la masa… y a delatarla. Sencillamente porque ella había sido siempre la primera en todo, la favorita. Y después estaba yo. La hermana pequeña que nada sabe, y que todo lo hace imitando a su hermana. La que menos recibe, y por la que menos se preocupan. Ya estaba harta. Nessa pagaría por todo lo que me había hecho pasar, que hasta entonces, aunque no me había dado cuenta, no había sido gran cosa.

Al principio, ella caminó en dirección a la casa de su amiga, al otro lado de la pequeña ciudad. La seguí despacio, silenciosa. Me ocultaba a cada paso, convencida de que acabaría delatándome. Fue unos minutos después cuando, casi corriendo, cambió de rumbo y se dirigió hacia el bosque, fuera de las murallas que protegían la ciudad. El sol apenas podía verse ya.

Una vez llegó a las afueras de la ciudad, oculta de la mirada de los campesinos que regresaban a sus casas después de una larga jornada de trabajo en el campo, comenzó a correr lo más deprisa que pudo. Yo la imité, temiendo perderla de vista.

Llegamos al bosque. Aunque seguía manteniendo las distancias, me encontraba cada vez más cerca. En cualquier momento podía desaparecer entre la abundante vegetación de aquel lugar.

Seguía corriendo, pese a no poder hacerlo con la misma libertad que antes, pues sus movimientos se veían limitados por los árboles y arbustos que casi consiguieron hacerme caer en un par de ocasiones.

Varios minutos después, la luz emanada por la luna llena se filtraba entre las verdes hojas de los árboles de aquel mágico bosque.
Nessa se paró en seco.

Aquel repentino gesto me pilló desprevenida. Quise parar en el instante para no acercarme más a ella. De no haber sido por un pequeño árbol que se encontraba justo al lado mío, habría sido descubierta.

Nessa, exhausta, se sentó en una roca situada en un pequeño claro. Cuando miré a mí alrededor descubrí que me había perdido. Pero eso no me importaba, sabía que pronto llegaría la persona a la que Nessa esperaba, ese era el lugar perfecto para un encuentro romántico.

Pero lo que vi después no me lo esperaba.

Nessa se desnudó, para después ocultar sus ropas entre la vegetación. Y fue cuando la luna comenzó a alzarse sobre el claro, cuando algo en Nessa cambió. Tras soltar un gemido casi inaudible, se encogió sobre sí misma, para acabar cayendo al suelo. Trató de incorporarse apoyándose sobre sus manos, con la cabeza agachada. Y entonces, algo comenzó a surgir de su piel. Una impresionante cantidad de pelo plateado crecía a una velocidad vertiginosa, mientras su fisionomía se transformaba, una larga cola aparecía tras ella y afiladas garras sustituían sus delicadas manos.

Ante mi sólo veía una enorme loba cuyo pelaje brillaba a la pálida luz de la luna llena.

Yo, que había podido presenciar todo el proceso de transformación desde mi inseguro escondite, no daba crédito a lo que veía, ni era capaz de asumirlo. Ahora lo que sentía ya no era curiosidad, ni envidia. Tenía miedo.

Mi estupefacción se vio interrumpida por un repugnante olor que pronto llegó hasta mí. Lo último que recuerdo, es haber visto a mi hermana aventurarse hacia las profundidades del bosque, justo antes de que sintiera un escalofriante dolor en mi esbelto cuello.

Merilwen

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